1
Ya estaba próxima la navidad y el ambiente de la ciudad había cambiado. A cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes, pero que creen en lo suyo, a todos les había cambiado el espíritu. A los menos por su fe, a muchos por vanidad y la a inmensa mayoría porque sí. Pues claro, el “espíritu navideño” toca a todos.
Es la época de recordar y por eso, las empresas de servicios públicos aligeran los “cortes” y los grandes almacenes envían mensajes navideños con cobros prejudiciales. Para ellos, el índice de desempleo es mínimo y todo el mundo es feliz con sus “primas”.
Así iniciaba la navidad ese año; una brisa apacible y húmeda daba el toque inconfundible de su llegada.
Las autoridades se habían reunido para tomar las consabidas medidas de todos los años, cuyos objetivos eran: cero accidentes, cero atracos y cero homicidios. Y, cosa curiosa, los objetivos se estaban logrando. Ni siquiera había denuncia o murmuraciones de que a alguien le habían metido el famoso “paquete chileno” tan común en esta época. La felicidad era total (?)
Esa mañana Fuancho salió un poco tarde de su casa, era uno de esos días en que no tenía prisa ni destino, caminaba con parsimonia, inmerso en sus pensamientos. Había discutido con su mujer poco antes de salir, por lo de siempre: el bendito dinero.
«Dame para esto, dame para lo otro, dame, dame, dame; como si yo fuera una caja fuerte. En cambio para lo otro es no, no y no. Estoy cansada, tengo dolor de cabeza, tengo flujo. Siempre tiene una maldita excusa a flor de labios. Parece que lo hiciera adrede. Si yo no estoy trabajando, si no pude conseguir nada ayer ¿Por qué esa infeliz no piensa que si hacemos el “revolcón”, yo salgo contento y con más ánimo a rebuscarme?
¡Pero no! Lo que hace es sacarme la piedra y salarme el día ¡Ah! Pero si llego con las “lucas” ahí si se va en risas y atenciones ¿Acaso no piensa ella que si tengo la “tula” ya ese sancochito criollo no me apetece mucho, que ya puedo pretender “comer” afuera, a la carta?
“Dichoso el hombre casado aunque lo destripe un costal, porque despierta de noche, saca la mano y ahí están”. Zipote pendejada, esa letanía es consuelo de tontos. Dichoso el hombre casado que tenga la "tula"»
Así pensaba Fuancho mientras caminaba, casi arrastrando los pies y con una mano dentro del bolsillo del pantalón. Sintió el contacto de algunas monedas y se dijo:
-Miserable $700 ¿Para qué carajo me sirven? Voy a jugar "maquinitas" en esa tienda.
Se acercó a la máquina y metió la primera moneda. Nada. Metió la segunda moneda y nada.
-¡Vaya! ¡Suertecita la mía! Bueno, para estar guindando mejor es caer.
Metió las cinco monedas restantes, una tras otra y hundió la tecla de automático.
Aún tenía torcida su boca, con su gesto característico de desagrado, cuando oyó la cancioncita que da la máquina al ganador. Con incredulidad enarcó las cejas al ver las cinco cartas alineadas: 10, J, Q, K y A, todas de trébol. La cancioncita se había alargado más de lo normal, así que todos los presentes se acercaron a constatar, pues sabían que era un premio grande. El no alcanzó a decir nada porque un chico en patinetas dijo en voz alta: ¡Mierda cachaco, “full royal”, ahora sí te dieron por la “torre”!
Las ventas de comestibles se habían paralizado; el tendero, con los brazos sobre el mostrador pensaba «¿De dónde salió ese desgraciado si yo nunca lo he visto jugando aquí? » Una señora que jugaba en otra maquinita le dijo a Fuancho:
-Yo estaba jugando en esa máquina por una moneda y me mudé para ésta porque me había quitado $3.000, y vea… “nadie sabe para quién trabaja”.
-Paisano, son $400.000; déle a la señora $5.000 para que se recupere y gaseosas y bizcochos para todos los presentes- Dijo Fuancho.
-¡Buena esa! ¡Buena esa! Gritaron todos.
El chico de la patineta salía con su gaseosa.
-¡Ey, pelao! ¿Por qué llevas una “litro”?
-Usted dijo que pidiéramos gaseosas.
-Está bien. No friegue, que pelao vivo- comentó – Paisano, me da $200.000 en efectivo, me descuenta las gaseosas y el saldo me lo da en víveres, pero que no se le vaya la mano en los precios.
Fuancho llegó hasta la puerta de su casa, dejó las dos enormes bolsas que portaba en el piso, flexionó los dos brazos para distender los músculos y tocó.
Dicen que las parejas con el tiempo se parecen y eso lo confirmó su mujer cuando abrió la puerta y lo vio ahí parado. Torció la boca como lo había hecho él antes del premio.
-¡Qué se te olvidó!
El no supo interpretar el tono que ella utilizó ¿Qué fue, una pregunta o un regaño? Pero lo dejó así porque ella miró hacia abajo y su rictus cambió a una amplia sonrisa.
-¡Mijo, qué es eso! ¿Atracaste una tienda?
El no contestó la ironía, levantó sus bolsas y entró. Después de soportar un ininterrumpido interrogatorio procedió a explicarle lo sucedido.
2
Al día siguiente Fuancho salió otra vez tarde, pero ahora caminaba con paso firme y la frente en alto; en esta ocasión si llevaba destino e iba “más contento que negra parida de blanco”. Una sonrisa de picardía iluminó su rostro al pensar que su mujer no podría levantarse de la cama esa mañana, después de la recompensa amorosa que le había dado esa noche.
Realmente estaba contento, tanto que decidió comprarle algo a su mujer. Sí, le compraría ese corte de seda; siempre había deseado verla con una falda larga y de seda, donde se dibujaran su bien torneadas piernas y prominentes glúteos, y más que todo, poder él seguir esas sinuosidades con la palma de las manos.
«El problema es que ya no hay tiempo, las modistas en estos días están saturadas de trabajo. Tocará comprarle su jean y su suéter» pensaba.
Sin decidirse aún, entró en un almacén ubicado en el interior del centro comercial.
Como era de esperarse el almacén estaba lleno, como todos los otros locales. Llegó al mostrador y se apoyó en él mientras esperaba que alguna chica vendedora se desocupara y lo asistiera en la compra para su mujer.
A dos metros de él, estaba el dueño atendiendo la caja registradora y dos metros más allá, estaba un señor como de 70 años y de figura rechoncha. Entre sus manos, y apoyado sobre el vidrio, tenía una caja de cartón para zapatos.
«Tampoco lo han atendido a él. Esto va a demorar» Pensó Fuancho.
Al momento, el anciano se dirigió hacia la salida con pasos lentos y cansados. Fuancho y el dueño del almacén miraron al anciano, luego a la caja y después entre sí. El dueño del almacén exclamó:
-¡Oiga! ¡Señor...!
Muchos de los presentes voltearon hacia el mostrador. El señor no volteó. Siguió caminando, levantó el brazo derecho y sacudió la mano con gesto de fastidio. Los presentes tenían la boca y los ojos abiertos, pues por la espalda del viejo y por debajo de su camisa salían billetes uno tras otro, formando un chorro.
Como obedeciendo a la orden de un control remoto y al unísono, todos los clientes y empleadas se lanzaron al piso a recoger billetes. Fuancho y el dueño no fueron la excepción, simultáneamente cayeron sobre la caja de cartón, uno jalaba hacia adentro y el otro hacia fuera; la caja se desbarató lanzando un montón de billetes
al aire. La algarabía en el local atrajo a mucha gente que intentaban capturar algún billete.
Fuancho recogía billetes de sobre el mostrador, tantos, que algunos se le salían por entre los dedos antes de meterlos en los bolsillos que ya estaban repletos. Alguien gritó desde afuera ¡Viene la policía! Fuancho se inclinó sobre el mostrador y apreció la cara de satisfacción del dueño del almacén, ocupado en recoger los billetes que cayeron del lado suyo. Puso el pie sobre la espalda de alguien y se impulsó para salir. Las demás personas también se levantaban del piso y se escurrían rápidamente hacia la salida. Las chicas dependientes, todas despeinadas, se apretujaban contra el mostrador, frente a su jefe.
El oficial a cargo se dirigió hacia ellos:
-¿Nos pueden explicar qué sucedió aquí?
-Nada oficial, nada importante- Se apresuró a aclarar el dueño.
-Cómo que no pasó nada, mírense cómo están despeinadas y arrugadas, todos los estantes por el suelo, las telas regadas ¿Y no pasó nada?
-Bueno sí, la mercancía está regada pero no falta nada. Eso se puede organizar otra vez- Dijo el dueño.
-Está bien, si a usted no le importa este desastre es su problema, pero a nosotros sí nos interesa. Por favor nos acompaña a la delegación para que rinda un informe. Por el momento nos entrega la cinta de la videocámara.
Fuancho llegó a su casa, abrió con su llave y entró. Su mujer aún estaba en la cama.
-¡Fuancho, me asustaste! ¿Qué haces aquí a esta hora? ¡Qué es lo que te pasa últimamente, ah!
-Bueno, cuál es la vaina, yo puedo llegar a la hora que me dé la gana...
No continuó su protesta. Su mujer lo miraba asustada, tapándose la boca abierta con una mano, al ver como se le caían los billetes de los bolsillos, que parecían arepas de huevo.
-Dios mío, Fuancho ¡Te has metido a atracador! Exclamó la mujer.
-¡Cállate carajo! Escucha antes de hacer conjeturas- Y Fuancho narró a su mujer el incidente del almacén.
-La verdad es que eso no te lo cree nadie. Ayer fue el premio grande de una maquinita que pela a todo el mundo y hoy un viejo que caga billetes ¿Qué será mañana? ¡Ah! Hasta el día que te pongan preso o te levanten a tiros ¿Cómo quedaré yo? ¿Cómo quedarán tus hijos? No mi amor, te prefiero desempleado y llevado, viviendo del rebusque.
-¡Bueno ya! ¡Párala ahí carajo que te he dicho la verdad! Si quieres pon la radio y espera el noticiero- Resopló el hombre enojado con ella.
A pesar de la desconfianza por la procedencia del dinero, la mujer se le acercó y le ayudó a sacar los billetes, ordenarlos y contarlos: $1.511.600 recogió Fuancho en total. De diferentes denominaciones, nuevos y viejos.
Los acomodaron en el extremo de la cama y desde la cabecera lo contemplaban en silencio.
-Mijo, es mejor que lo recojamos y lo guardemos, porque pronto llegarán los muchachos del colegio.
Fuancho no se inmutó. La mujer recogió todo y lo guardó en el escaparate bajo llave. Se acostó a su lado, tal cual como él la había dejado cuando se fue. Alzó su bata y montó la pierna sobre su ingle, en silencio. Al rato sintió su palpitar y sonrió. Su táctica para excitarlo nunca le fallaba.
-Mijo, si quieres podemos tener “repechaje”.
El no contestó, siguió con la mirada larga, pensativo.
-¿Fuancho... y ahora qué te pasa?
-Nada, nada. Es que estoy pensando en ese turco desgraciado...
-¿Qué pasó? ¿Te amenazó?
-No, no. Es que el infeliz haló la caja con más fuerza que yo y la mayor parte del billete cayó de su lado. Por eso parecía tan contento el condenado.
-Ya mijo, deja eso así. Viéndolo bien tú fuiste más afortunado que él, que tiene que reorganizar la mercancía.
Ella, semidesnuda, se bajó de la cama y se dirigió a cerrar la puerta del cuarto. El la siguió con la mirada y observaba su hermoso trasero; al instante sintió, además de una fuerte palpitación, cómo la sangre inundaba su “cabeza”.
Al mediodía se sentaron a escuchar las noticias.
“Positivo balance presentaron las autoridades a pocos días de la navidad, pero esta mañana ocurrió un incidente muy curioso en un almacén que alborotó a todos los presentes en el moderno centro comercial del sur. Se comenta en el lugar, que a un bonachón anciano le importó poco abandonar una fuerte cantidad de dinero en billetes de diferentes denominaciones, que los presentes se apresuraron a recoger en atropellada competencia.
La policía se hizo presente pero no encontró un solo billete de muestra. Lo extraño de esto es que el dueño del almacén, a pesar del desorden de mercancía, no presentó cargo alguno. Consultado el administrador del centro comercial, éste se limitó a comentar que Santa Claus había visitado personalmente a dicho centro”.
La policía se hizo presente pero no encontró un solo billete de muestra. Lo extraño de esto es que el dueño del almacén, a pesar del desorden de mercancía, no presentó cargo alguno. Consultado el administrador del centro comercial, éste se limitó a comentar que Santa Claus había visitado personalmente a dicho centro”.
-¡Siiiii! Gritó Fuancho abrazando a su mujer.
3
Ese otro día Fuancho recogió todos sus recibos de servicios pendientes de pago y se dispuso salir a cancelarlos.
«Debo aprovechar mi cuarto de hora y quedar cero kilómetro otra vez» Pensó.
Una hora después estaba en el centro de la ciudad, haciendo cola en las afueras de un banco. Se sentía fastidiado, hacia media hora que estaba ahí y aún no entraba al banco.
-Este es el país de las maravillas, viene uno a pagar y tiene que hacer cola por tanto tiempo- Murmuraba.
En ese momento salió el vigilante y él le gritó:
-¡Ey! ¡Dígale al gerente que ponga más cajeros, nos va a coger la hora del almuerzo aquí afuera!- El vigilante no lo determinó.
-Señora, cuídeme el puesto mientras voy a la tienda. ¿Le provoca una gaseosa?
Salió de la cola, cruzó la calle y entró en la tienda. Pidió una cerveza. Había varios parroquianos departiendo.
Tomó un sorbo, se dio media vuelta y miró hacia el banco. Quedó atónito y un frío subió desde sus pies. No soportó la visión y agachó la cabeza.
« ¿Dios mío, qué significa esto, toparme otra vez con él? » Pensaba Fuancho.
Se llenó de valor y volvió a mirar. Lo mismo, el anciano ya salía de la tienda y los billetes salían de su espalda.
¡Señor, señor! ¡Espere! ¡Mierda, la caja!
Giró sobre sí mismo y entró nuevamente en la tienda. Ya la caja la estiraban por los ocho puntos cardinales.
Así como pisó una espalda en el almacén, pisó una silla y se impulsó atrapando varias fajas de billetes aún sin abrir. El resto siguió subiendo y las aspas del abanico de techo los desparramaron por todo el local.
Fuancho salió inmediatamente, caminó una cuadra y tomó el primer bus que pasó. El desorden en la esquina del banco era impresionante. Cuando entró en su casa, estaba pálido. El trayecto desde el centro hasta su barrio le pareció el viaje más largo del mundo. Entró al cuarto. Su mujer, que desde la cocina lo vio entrar, le siguió al cuarto. El estaba de pie junto a la cama, mirando hacia la puerta, con las piernas entreabiertas y los brazos colgados a los lados, tocando con los pulgares los bolsillos, cual pistolero del Viejo Oeste a punto de sacar las pistolas en un duelo. Él lo que sacó fueron dos fajos de billetes y después dos más. La mujer impávida lo miraba, un par de lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas y en un arranque de histeria se lanzó sobre su marido, agarró un fajo de billetes y con él golpeaba a Fuancho, mientras que entre sollozos le gritaba:
-¡Desgraciado infeliz, me has estado engañando! ¡Eres un maldito atracador!
El llanto y la rabia la estaban sofocando, por lo que se tiró en la cama entre gemidos. Fuancho seguía impertérrito. Por fin ella cesó de gemir. El se giró hacia ella.
-Ya me estoy cansando de tu proceder. Siempre con la maldita costumbre de criticarme y condenarme sin preguntar primero ni pedir explicaciones.
Ella se tapó la cara con las dos manos y la hundió en la almohada. El continuó.
-No te mentí con el dinero de la maquinita, no te mentí con el dinero del almacén y hoy tampoco estoy mintiendo. Tú escuchaste la noticia por radio ¿Cómo puedes entonces dudar de mi proceder? No sé que pasa con mi suerte, ha cambiado de una forma rara, bendita o maldita, no sé, pero ha cambiado ¿Y qué culpa tengo yo de haberme topado con ese señor?
Ella reaccionó y lo abrazó. Fuancho le relató el incidente de la tienda. Esta vez no hicieron el amor, asustados se sentaron a esperar las noticias del medio día.
“Nuevamente el Santa Claus criollo hizo su adinerada aparición, esta vez en el centro de la ciudad. En esta ocasión hubo contusos y heridos en los tumultos que ocasionaron a su vez un trancón vehicular. Las autoridades informaron que todavía no han contactado al tal Santa Claus, pero que ya tienen identificado a un posible implicado en estos hechos. Algunas personas consultadas sostienen que esos son dineros del narcotráfico o de la delincuencia. Otros opinan que ese es un personaje benefactor, que quiere alegrar la navidad de los pobres. El cuento es que todo el mundo está pendiente a su alrededor por si ven al bonachón Santa Claus o un billete volando”.
Fuancho y su mujer regresaron al cuarto y procedieron a contar el dinero: $1.800.000. Acordaron no utilizar ese dinero hasta después de año nuevo. Gastarían lo ganado en la maquinita y guardarían silencio de lo otro.
El resto del día lo pasaron con sus hijos viendo televisión. En la noche, después de ver la telenovela, vieron el noticiero local donde nuevamente se destacó la noticia que tanto inquietaba a Fuancho.
“En cuanto al caso del Santa Claus criollo, la policía informó que fue identificado y que el anciano fue detenido sindicado de los escándalos ya conocidos y que está rindiendo indagatoria en estos momentos.
Nuestro periodista encargado informa que un grupo numeroso de personas protestan frente a la comandancia exigiendo la liberación del magnánimo anciano.
Nuestro noticiero consultó la opinión de un prestigioso abogado quien opinó:
-Bueno, cada cual es libre de gastar su dinero como mejor le plazca. Lo único censurable aquí es la forma como lo está haciendo, pues está ocasionando trastorno a la comunidad. Mire que ya hoy hubo algunos heridos. Ahora, también hay que establecer el origen de ese dinero.
Con respecto a esto, se recogieron algunos comentarios callejeros. Se dice que el anciano se ganó una lotería extraordinaria y como no tiene familia y le queda poco tiempo de vida, decidió regalarlo para no hacer lo que hizo el señor del chiste a quien le pasó lo mismo. Dicho anciano compró lotería toda su vida y ya a punto de morir se la ganó. Decepcionado por las ironías de la vida, compró y regaló inodoros para todas las casas del barrio. Al preguntársele el por qué, contestó que para que ese dinero se volviera mierda.
Otros sostienen que este anciano es el mismísimo Santa Claus que quiere ayudar a esta ciudad olvidada del gobierno. Estas fueron las noticias”.
4
En la policía, por más empeño de los agentes, el anciano no contestó una sola pregunta. Parecía mudo, o más bien sordomudo, porque permanecía totalmente inmutable.
-¿Quién es usted, donde vive?
Silencio.
-¿De dónde sacó ese dinero, es sucio?
Silencio.
-¿Es usted guerrillero, paramilitar, narcotraficante?
Más silencio.
¿Es usted testaferro, mafioso, atracador?
Otra vez silencio.
¿De verdad se cree usted Santa Claus?
Silence.
Los agentes salieron del cuarto de interrogación, uno iracundo y el otro pensativo.
-Mi comandante, ese anciano no ha soltado prenda, ni una sola palabra- Dijo uno de los agentes.
-Yo creo que debemos enviarlo al hospital para que se recupere, si queremos saber dónde tiene el resto del dinero- dijo el otro.
-Interroguen al otro tipo, creo que ese sí hablará pronto- ordenó el oficial.
-¿Dónde lo detuvieron?- Preguntaron los agentes.
-Esta mañana en el centro, comprando ropa para sus hijos.
Fuancho estaba muy asustado en el cuarto de interrogatorio, pensando qué había pasado con su mujer y sus hijos. Cuando fue detenido a la salida del almacén, su mujer se asustó mucho y cuando lo esposaron se puso histérica y levantó a carterazos a uno de los policías. Por esa acción de su mujer era que estaba asustado, por lo otro no. Sabía por qué lo habían detenido, pero tenía su conciencia tranquila, nunca propició esos incidentes, que para él, fueron fortuitos.
Los agentes entraron y enseguida uno fue a la carga.
-Espero que seas más inteligente que el anciano y no demores esta diligencia. Cuéntame de dónde sacan ese dinero y dónde tienen el resto. Te recomiendo que no mientas y te evites problemas.
-No sé de qué me hablan- Contestó Fuancho al tiempo que giraba la cabeza por la bofetada recibida.
-Te dije que no mintieras. Te identificamos en las cintas de vídeo de las cámaras del almacén y del banco. Así que no lo niegues.
-Yo no estoy negando nada. Sí estuve en el almacén comprendo una tela para mi mujer y sí cogí algunos billetes como todos los que estaban ahí, pero no conozco al anciano ni nunca lo había visto- Se defendió Fuancho.
Un Upper de izquierda al hígado lo sacudió y le hizo caer el hilo de sangre que resbalaba por la comisura de sus labios.
-Te dijimos que no mintieras e insistes en ello. Te recordamos que en el vídeo del banco abandonas la cola donde estabas camuflado para reunirte con el viejo en la tienda.
Aún inclinado sobre sus rodillas, Fuancho contestó:
-Sí, yo estaba haciendo cola para pagar los servicios, pero me salí porque tenía sed y dejé encargada a la señora de la chaza para que me cuidara el puesto y yo le llevaría una gaseosa. Pregúntele a ella, todavía tiene los recibos.
Uno de los agentes lo sujetó por el cabello y de un tirón lo enderezó en la silla.
-Sabes qué, te estás burlando de nosotros y eso te costará una buena temporada a la sombra.
Un gancho a las costillas y los dos agentes salieron del cuarto, mientras Fuancho quedó solo, inclinado otra vez sobre sus rodillas y tratando de agarrar una bocanada de aire.
-Mi comandante, no hemos conseguido nada con este otro, tocará dejarlo ir y seguirlo.
-Reténgalo un poco más y veremos que pasa.
El anciano descansaba en una cama del hospital y enfrente de la puerta montaba guardia un policía, como si se tratara de un delincuente peligroso. Una enfermera entró para aplicarle algún medicamento, después de lo cual le decía al oído:
-Tío, vea como está todo magullado y adolorido. No sea terco, dígales dónde está el resto del dinero y lo dejarán tranquilo y no habrá cargos. Ahora, que si usted quiere, dígaselo a ésta, su sobrina predilecta, que yo le guardaré el secreto.
La chica dejó al anciano solo y se acercó a la ventana, atraída por la vocinglería de unos manifestantes. Le puso cuidado a las arengas.
-¡Suelten al anciano, no lo torturen más!
-¡Suelten a Santa Claus! ¡Sólo quieren robarle su dinero!
-¡Libertad, libertad, libertad!- Tronaba la multitud.
-¡Agente Ortiz, salga a informarse qué está pasando allá afuera, yo me comunicaré con mi comandante!- gritó la enfermera.
La mujer de Fuancho se había presentado a la comandancia acompañada de un abogado.
-Señor comandante, soy el abogado Ramírez, apoderado de Fuancho. Le solicito me informe sobre la detención de este señor y de los cargos que le imputan. También solicito se me permita visitarlo como lo asiste el derecho.
-Está bien abogado. Se le sindica de ser calanchín del anciano apodado Santa Claus, quien anda alborotando el orden público ¡Guardia! Acompañe al abogado hasta la celda del detenido.
Cuando el abogado llegaba a la celda, salían de ella los dos agentes que lo interrogaban.
-¡Hola, Fuancho! Soy el abogado que contrató tu mujer para que te asista en este negocio. Por favor, cuéntame tu versión de los hechos.
Fuancho procedió a contarle al abogado todo lo que le sucedió desde el momento en que entró a la tienda hasta cuando entró en la celda, Sin embargo, le mintió sobre la cantidad de dinero que había recogido.
-¿Qué hacían esos agentes aquí en tu celda? Puedes contármelo.
-No, no puedo.
-¿Acaso te amenazaron?
-Umm, Sí.
-O.K. No te preocupes, ya vas a salir libre.
El abogado se dirigió a la oficina del comandante.
-Comandante, vengo a solicitarle la libertad inmediata de mi defendido, Fuancho, puesto que ya pasó el término legal y no hay cargo alguno ni prueba que lo comprometan. Su aparición en los vídeos son pruebas circunstanciales. El comandante iba a responderle cuando sonó el teléfono.
-¡Aló...!
-¡Mi comandante! Le habla la agente Rosalba. Le informo que enfrente del hospital hay una gigantesca manifestación exigiendo la libertad del anciano, pero el cuento es que el anciano desapareció de su pieza y del hospital...
El oficial cerró el teléfono y se acomodó en su silla. Su rostro se descompuso de la rabia que le ocasionó la llamada. El teléfono sonó otra vez.
-¡Aló...!
-Mi comandante, le habla el oficial a cargo de la patrulla15, desde el norte de la ciudad, para informarle que el anciano Santa Claus hizo otra aparición, ahora en una ciudad de hierro que prácticamente quedó...
El comandante colgó y explotó.
-¡Guardia! Traiga al detenido Fuancho. Abogado, ya se puede largar con su cliente.
FIN
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